lunes, 17 de febrero de 2014

El ladrón de cuerpos - Anne Rice

Vista de la ciudad de Caracas 2014
Foto tomada por: Iraima Rivera
             “Selva tropical de Sudamérica. Una profunda maraña de bosque y jungla a través de kilómetros y kilómetros de continente; que cubre con su manto laderas de montañas y se congrega en los valles; que sólo se interrumpe para dar paso a ríos rutilantes y lagos resplandecientes; suave, y lozana, y frondosa, y aparentemente inofensiva cuando se la ve desde muy arriba, por entre las nubes.
             La penumbra es total cuando uno se detiene sobre la tierra blanda, mojada. Tan altos son los árboles, que el cielo no se ve sobre sus copas. Allí la creación no es nada más que lucha y peligro en medio de esas profundas sombras húmedas. Es el triunfo final del Jardín Salvaje, y jamás los científicos del mundo podrán clasificar jamás todas las especies de mariposas, de leopardos, de peces carnívoros y serpientes gigantes que habitan el lugar.
             Pájaros con alas color del cielo estival o del sol ardiente pasan raudos entre las ramas. Chillan los monos al tiempo que estiran sus manecitas inteligentes para aferrarse de enredaderas gruesas como maromas. Mamíferos lustrosos y siniestros, de mil tamaños y formas, se buscan unos a otros sin piedad sobre raíces monstruosas y tubérculos semienterrados, bajo hojas enormes y susurrantes, se trepan por los troncos retorcidos de árboles jóvenes que mueren en la fétida tiniebla, mientras absorben su último alimento del suelo pestilente. Insensato e infinitamente vigoroso es el ciclo de hambre y saciedad, de muerte violenta y dolorosa. Reptiles de ojos implacables y brillantes como ópalos se alimentan eternamente con el serpenteante universo de insectos duros y crujientes, como lo han hecho desde las épocas en que aún no había criaturas de sangre caliente sobre la tierra. Y los insectos — con alas, con aguijones, colmados de letal veneno, deslumbrantes por su belleza horrenda y atrozmente sagaces— a la larga se hacen un festín con todos.
            No hay piedad en ese bosque. No hay misericordia, justicia, veneración por su belleza ni admiración por la hermosura de sus lluvias. Hasta el astuto mono es en el fondo un idiota moral. Es decir, no había tal cosa hasta que llegó el hombre. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos miles de años atrás ocurrió. La jungla devora los huesos. Calladamente se traga manuscritos sagrados, corroe las piedras más obstinadas del templo. Productos textiles, cestas tejidas, cacharros decorados y hasta adornos de oro terminan disueltos en sus fauces.
             Pero los pobladores de cuerpo pequeño y tez oscura están allí desde hace siglos —sobre eso no hay duda—, creando sus frágiles aldeas de chozas construidas con hojas de palmera y humeantes fogones, cazando los animales abundantes y letales con sus toscas lanzas y sus dardos mortíferos. En algunos lugares levantan, como lo han hecho siempre, granjas pequeñas donde cultivan gruesas batatas, enormes plantas, pimientos colorados y maíz. Mucho maíz amarillo, dulce y tierno. Gallinas de reducido tamaño picotean el exterior de las viviendas, hechas con esmero. Amontonados en sus chiqueros, resoplan, cerdos gordos y lustrosos.
             ¿Son estos humanos, que desde siempre han luchado unos contra otros, lo mejor del Jardín Salvaje? ¿O acaso tan sólo una parte no diferenciada de él, no más compleja que el ciempiés, que el furtivo jaguar de piel arrasada o la silenciosa rana de ojos saltones, tan tóxica que sólo tocar su piel moteada acarrea la muerte.¿Qué tienen que ver las innúmeradas torres de la gran Caracas con ese mundo que se extiende y llega hasta tan cerca de ella? ¿De dónde salió esa metrópolis sudamericana, con sus cielos contamina dos y sus arrabales superpoblados en las laderas de las sierras? La belleza es belleza dondequiera se encuentre. Por la noche, hasta esos ranchitos, como les dicen —miles y miles de chozas que cubren las laderas en pendiente, a ambos lados de las modernas autopistas - — son hermosos, porque, si bien no tienen agua ni desagües cloacales y allí la gente vive apiñada transgrediendo todo concepto moderno de salud y confort, igualmente ostentan festones de brillantes luce- citas eléctricas.
             ¡A veces parece que la luz puede transformar cualquier cosa! Que es una innegable e irreductible metáfora de la gracia. Pero la gente de los ranchitos, ¿sabe esto? ¿Lo hacen así porque es más bello? ¿O acaso sólo buscan una iluminación cómoda en sus pequeñas viviendas? No importa.
             No podemos dejar de crear belleza. No podemos detener el mundo.”

Rice, A. El ladrón de cuerpos."Capitulo 24". Barcelona: Ediciones B, 2009. Pg: 477-479.